II
“
14 años después...”
Mirar
por la ventana, era eso lo que hacía. Mirar el cielo con ganas de
libertad, de ser libre de aquel mundo al que no pertenecía,aquel
mundo en el que no encajaba.
-Señorita
Redfield, como veo que la explicación de hoy le interesa
mucho,¿podría decirme la capital de Japón?-le preguntó la
profesora.
-Tokio...-le
susurró sin que la profesora se enterara.
-Tokio-le
contestó seria, con esa mirada que mas de una vez había hecho
estremecer a la profesora.
-Bien,
sigamos con la clase...-contestó esquivando su mirada.
-Gracias..Yuna-le
dijo.
-No
hay de que.. pero Eva, ya es la tercera vez esta semana. Estas mas
distante de lo normal, ¿te ocurre algo?
-...
no es nada tranquila- le contestó con una media sonrisa.
Sonó
el timbre y todos salieron corriendo excepto ellas dos. Iban
tranquilas por los pasillos, ya vacíos. Las dos tenían la misma
edad, catorce años. Estaban terminando el segundo curso de la
secundaria. Y, ellas dos se habían conocido ese mismo año.
“Piiiii...”se
escuchó a las afueras del centro.
-Es
mi madre-dijo Yuna señalando el coche que la esperaba- nos vemos
mañana.. adios Eva- le dijo mientras se alejaba hacia el coche.
-Adios...-
solo contestó Eva.
Iba
caminando hacia su casa. Se iba sola, pero, no porque nadie pudiera
recojerla sino, porque le gustaba ir a pie hasta su casa y pasear por
los parques que habían antes de llegar.”Yuna..” pensó mientras
iba paseando.
Yuna
era su amiga, su única amiga y, aunque la hubiera conocido hace
poco, era un gran apollo para ella. La entendía, tenían gustos
parecidos, era la única persona, aparte de su padre, que comprendía
sus sentimientos.
No
conocía a su familia, y ella tampoco le contaba mucho sobre ella. Lo
único que sabía es que no tenía padre. Vivía con su madre en un
piso en el centro de Madrid. Se habían trasladado desde Tokio por
motivos de trabajo de su madre, que ella apenas conocía.
Yuna
era una chica muy guapa. Tenía el pelo largo y negro, como el
carbón. Sus ojos, apesar de ser de Tokio no eran tan rasgados como,
los del resto de los habitantes de allí. Eran grises, como el color
del cielo en un día nublado de Madrid.
Llego
a mi casa y mi madre esta en la cocina preparando la comida.
-¿Eva
eres tú?-preguntó su madre.
-Si
mama...- le contestó Eva.
-Hola
cariño- le recibió su madre en la entrada con un beso- ¿como te ha
ido el día?-le preguntó mientras volvía para la cocina.
-Bien...
como siempre- solamente respondió.
-Aaa
que no se me olvide, te ha llegado una carta esta mañana, la tienes
en tu habitación- le dijo sonriente.
Eso
solo podía significar una cosa, que él, le había escrito.
Subió
a su habitación, dejó su mochila en la cama y se dirigió al
escritorio, donde había una carta. La cogió, en la parte de fuera
ponía: “Para Eva”. Eva la cogió y antes de abrirla la olió.
Sin duda era de él. Se dispuso a abrirla pero entonces, su madre
llamó para que bajaran a comer.
Dejó
la carta en su escritorio y bajó a comer. De camino se encontró a
su hermano.
-Hermanita..-
le saludó- hoy no te he visto salir,¿donde te habías metido?-le
preguntó mientras bajaban las escaleras hacia el comedor.
-Con
Yuna- solamente le respondió a su hermano, sin apenas mirarle.
Su
hermano, se llamaba Erick. Era mayor que ella, acababa de cumplir 17
años. Era alto y rubio, se parecia bastante a su padre Jack. Excepto
por una cosa, sus ojos. Los ojos de Erick eran marrones como los de
su madre, Victoria. Mientras que los Jack eran verdes. A Eva
especialmente le encantaban los ojos de Jack, cada vez que los veía
le trasmitian una calidez y ternura que a Eva le reconfortaba. Jack
no era su padre, pero lo quería como si lo fuera. Porque se
comportaba como tal y siempre estaba ahi cuando lo necesitaba.
Bajamos
y en ese momento Jack llegó del trabajo y se unió a nosotros y,
empezamos a comer. Victoria, Jack y Erick hablaban, mientras que yo
solo comía pensando en una cosa, la carta.
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